Aroa López, enfermera supervisora del Servicio de Urgencias de Vall d'Hebron, hace un discurso en el Homenaje de Estado por la víctimas de la COVID-19

Aroa López ha hablado en nombre de todos los sanitarios y de todo el mundo que ha estado en la primera línea en la lucha contra la pandemia del coronavirus.

15/07/2020

La enfermera supervisora del Servicio de Urgencias del Hospital General de Vall d’Hebron ha hecho hoy un discurso al Homenaje de Estado a las víctimas de la COVID-19 que ha tenido lugar en Madrid. Aroa López ha hablado en nombre de todos los sanitarios y de todo el mundo que ha estado en la primera línea en la lucha contra la pandemia del coronavirus. En el acto también han hablado Hernando Calleja, hermano del periodista José María Calleja, muerto por la COVID-19, y el rey de España, Felipe VI.

La ceremonia, que ha tenido lugar en la Plaza de la Armería del Palacio Real de Madrid, a las 9.00 horas, ha sido presidida por el rey Felipe VI y ha contado con la asistencia de los máximos representantes de las instituciones del Estado, de las instituciones europeas y de la Organización Mundial de la Salud.

Aroa López es enfermera supervisora del Servicio de Urgencias de Vall d'Hebron desde el 2017. Trabaja en Vall d'Hebron, el hospital que más pacientes COVID-19 ha atendido en toda Catalunya, desde el año 2003. Durante la pandemia ha estado en primera línea de la lucha para atender a los pacientes con COVID-19. Además, también ha colaborado en el rediseño del Servicio de Urgencias para hacer frente a la pandemia. Aroa López asegura que la situación provocada por la pandemia “ha cohesionado como equipo a los profesionales sanitarios de Vall d'Hebron, que han dado lo mejor de ellos mismos para afrontar una situación muy dura”.

A continuación podéis leer el discurso íntegro de Aroa López:

"Participar en este acto es un privilegio triste. Hoy rendimos homenaje a los miles de personas que murieron a causa de la COVID-19 durante estos meses de lucha incansable, compartiendo el dolor de sus familiares y seres queridos. Ojalá nada de esto hubiera ocurrido. Ojalá yo no estuviera aquí, pronunciando estas palabras.

Pero es un inmenso honor poder hablar en nombre de mis compañeros y compañeras: los profesionales sanitarios. Enfermeras, auxiliares, médicos, celadores o fisioterapeutas. Personal administrativo, de limpieza, de cocina, de radiodiagnóstico, de mantenimiento, de laboratorios y microbiología, de psicología y del resto de áreas que dan apoyo a los asistenciales.

Y no solo ellos. Comparezco en representación de lo que se llamó entonces “la primera línea”: transportistas, reponedores, cajeras y tenderos, trabajadores de la energía y de las comunicaciones, farmacéuticos, personal de saneamientos, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado; es imposible citarlos a todos. Porque fueron miles de hombres y mujeres los que cuidaban con su trabajo a los millones de españoles confinados.

En mis años como supervisora de urgencias en el Hospital Vall d’Hebron he tenido experiencias muy difíciles; pero esto nos marcará para siempre. Ha sido muy duro. Nos hemos sentido impotentes, con una sensación brutal de incertidumbre, y la presión de tener que aprender y decidir sobre la marcha.

Hemos dado todo lo que teníamos. Hemos trabajado al límite de nuestras fuerzas. Y hemos vuelto a entender, quizás mejor que nunca, por qué elegimos esta profesión: cuidar y salvar vidas. Aunque muchos compañeros tuvieron que dar su propia vida para ello.

Hemos cubierto necesidades básicas y emocionales. Hemos sido mensajeros del último adiós para personas mayores que morían solas, escuchando la voz de sus hijos a través de un teléfono. Hemos hecho vídeollamadas, hemos dado la mano, y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía: “no me dejes morir solo”.

Hemos vivido situaciones que te dañan el alma. Porque quién había detrás de los EPIS no eran héroes: éramos personas, que se alejaban de sus familias para protegerlas de un posible contagio. Personas que salíamos del hospital cargadas con todas esas emociones, y que regresábamos a nuestro trabajo desde la soledad y el agotamiento, un día más. Dispuestas a transmitir fuerzas y ánimo a los enfermos, más allá de nuestros propios miedos. Fuerzas transmitidas a través de los ojos, de las miradas, porque era la única parte del cuerpo que nos quedaba visible. Entre nosotros hemos aprendido a comunicarnos a través de ellas, miradas que algunos llevamos tatuadas en la piel. Miradas que han significado tanto.

Parafraseando al grupo Vetusta Morla en su canción “abrazos prohibidos”: “por los que hacen del verbo cuidar su bandera y tu casa y luchan porque nadie muera en soledad. Sin temerle a su miedo y usando su piel como escudo. Por los que hacen del trabajo sucio la labor más bonita del mundo y pintan de azul la oscuridad”.

Quiero agradecer, de corazón, aquellos aplausos que nos dedicaba la ciudadanía. Y quiero pedir, también de corazón, que no se olviden de aquello. Que mantengan ese reconocimiento, respetando ahora las recomendaciones sanitarias. Quiero piensen en los que fallecieron, y también en los profesionales sanitarios que dejaron sus vidas en la lucha. Por favor: que su esfuerzo no sea nunca en vano.

Quiero pedir también a los poderes públicos que defiendan la sanidad de todos. Que recuerden que no hay mejor homenaje a quienes nos dejaron que velar por nuestra salud, y garantizar la dignidad de nuestras profesiones.

Y que todos respondamos a una sencilla pregunta: ¿quién cuidará de nosotros si la persona que nos cuida no puede hacerlo?

No olvidemos nunca la lección aprendida.

Gracias."

 

Se puede visualizar el vídeo con su intervención en este enlace

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